Te extrañé y me extrañaste... lo sé por tu indiferencia al recibirme, por el frío de ese abrazo lleno de sal y tormenta, lleno de reclamos y anhelos.
En un abrir y cerrar de ojos me brindaste todo tu sabor; en un beso, todo tu color.
Con llagas resecas, ásperas y desinteresadas volviste a mencionar que yo me iría y me llenaste de caricias una mejilla y de frías bofetadas la otra.
Te soñé mujer, ciclotímica e histriónica. Inquieta, soñadora y eterna.
Tan caprichosa, tan histérica y tan mía.
En este ir y venir, en este juego seductor, histeriqueo constante pero transparente, que me atrapa y me condena a vagar vacío.
Me despedís con indiferencia y soberbia, tan vasta...
Me vuelvo con la promesa de regresar y recorrer tu corona de veleros con la vista; de tocar tu pollera de sal con mis pies; de sentir tu aliento frío y seco en el rostro.
Me vuelvo como un caracol vacío, escuchándote en el silencio, soñándote despierto, tan ajeno acá... tan mío allá.
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